El niño es viejo

14/3/16


Mary Daza Orozco. Hace años había una sequía extraordinaria. Recuerdo, a pesar de que no tenía más allá de seis años de edad, ver la angustia de mis tíos y otros señores ante la pérdida inminente de sus cosechas por falta de lluvia.

El algodón, que era redención económica, estaba a punto de perderse; hacía mucho calor y no conocíamos los aires acondicionados, ni se pensaba en racionamientos de energía, porque la luz eléctrica aparecía por horas, el río Villanueva era un cuenco seco, como está ahora, lleno de piedras ardientes. Había desesperación, lo notaba en las exclamaciones de mi madre y de mis tías: ‘¡El mundo se va a acabar!’.

Una mañana pensé que sí, que se estaba acabando el mundo, me despertó de mi sueño infantil la voz potente del padre Guare, que fue párroco en Villanueva por más de una década, ampliada por los parlantes que había instalado en la torre del templo: “Se espera a todos los fieles a una rogativa para que Dios nos mande la lluvia”. Me entusiasmé, mi diversión más grande eran las fiestas religiosas con voladores, vaca loca, y la orquesta de Juancho Gil tocando ’Tristezas del alma’ y al final un helado de esencia de rosas que vendían en un carrito que hacía sonar ‘Para Elisa’ de Bethoven, por todas las calles.

Me equivoqué: el asunto era triste, sacaron la imagen de San Isidro, que reposaba, no sé si todavía, en un nicho en la iglesia, y una multitud lo seguía, como patrono de las cosechas, rogándole por una gota de lluvia. Yo iba agarrada de la mano de mi madre, y aunque no era mucho lo que entendía, sé que las deprecaciones eran mezclas de angustia y esperanza.

Si llovió o no, no lo recuerdo. Ahora cuando estamos ahorrando energía, y vivimos una cierta angustia por la sequía, estoy segura de que el fenómeno del Niño es muy viejo, pero antes, la única preocupación que traía era la pérdida de las cosechas.

Más tarde, o años después, hubo un invierno de espanto, el río se creció tanto que bañaba el centenario puente con su agua color de chocolate y volvían a peligrar las cosechas, entonces mi madre nos pidió a mi hermano y a mí que dijéramos a cada rato “San Isidro labrador, quita el agua y pon el sol”, y lo hacíamos mientras saltábamos a la cuerda en mitad de la sala, porque afuera la lluvia no paraba.

San Isidro se me hizo simpático, aunque, fuera del estribillo con el que amenizábamos los juegos, nunca le he rezado, pero de seguir la situación del país tan árida habrá que congregar a una gran rogativa en Atánquez que es donde se venera al santo de las lluvias y las sequías. Mientras tanto a ahorrar energía, a no malgastar el agua.

Valledupar parece una ciudad desprendida de Colombia, desde aquí veo por la ventana las luces de los edificios, portales de las casas y negocios cercanos, encendidas, muy brillantes como desafiando al mundo.


Tomado de elpilon.com.co 

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